Exhibicionismo Digital


La inevitable irrupción de lo digital en nuestra sociedad ha traído muchos cambios. Esta consiguiente pérdida de distancia, donde todo llega en el momento mismo de partir, donde todo acontece de forma simultánea. El mundo se ha vuelto compacto, a la comodidad de nuestros pulgares. Consecuentemente, el celular se ha convertido en una extensión del organismo, la evolución tecnológica ha transformado la manera en que pensamos, reformado cómo interactuamos con el mundo y cómo nos relacionamos entre nosotros.

Las redes sociales son el nuevo oxígeno, la atención el nuevo objeto de transacción por el cual todos luchan hasta la muerte como si fuera el último trozo de carne. Al ser un intercambio sin compromiso y de carácter pasivo, la atención se vuelve un recurso que el individuo brinda involuntariamente, de manera instintiva elige qué objetos demandan atención y cuáles serían una pérdida de tiempo para su experiencia. La atención es el recurso más importante actualmente, en él se encierra la capacidad de influenciar las masas, persuadir su pensamiento y dictar su comportamiento.

Según la Real Academia Española, el exhibicionismo es el deseo persistente y excesivo de mostrarse, exhibirse y manifestarse en público. La meta del exhibicionista digital no es la excitación sexual, sino la aprobación, el halago, la alabanza, el aplauso, y, en definitiva, el refuerzo social, por parte de aquellas personas con las que interactúa.




Como consecuencia, se produce una complicación para gozar la vida en primera persona, el exhibicionista digital no disfruta de sus actividades, no actúa por sí mismo sino por la validación de un otro. El exhibicionismo digital se podría considerar una ramificación del nihilismo moderno. El individuo solo llega a encontrar sentido en lo absurdo de la existencia cuando es validado por el otro. Sin ningún río metafísico lo suficientemente ancho como para abastecer significancia a sus acciones, la existencia deja de tener sentido.

Este comportamiento también parte de un fallo de autoestima, un circuito quemado que influencia todas las acciones del individuo. Esta infravaloración personal se manifiesta como la necesidad imperiosa de distinguirse, de llamar la atención, de sobresalir entre la multitud.

El exhibicionismo digital es un producto negativo de las redes sociales, donde el individuo pretende no necesitar a los demás regocijándose en su propio yo trascendental, mientras su frustración aumenta silenciosamente por la falta de algún tipo de lazo significativo.

Las relaciones genuinas entre seres humanos desaparecen, el exhibicionismo se vuelve la única manera de conseguir aprobación, el individuo se obsesiona con la idea de persuadir a los demás mediante actos de altruismo fingidos. Cada conversación, cada gesto, cada sugestión se torna artificial, toda acción se hace en busca de una recompensa. El otro se vuelve un medio para llegar a un fin, la supremacía social, ascender a la élite que disfruta de todos los beneficios. Buscando siempre algo a cambio, las interacciones humanas son perturbadas por deseos egocéntricos, se convierten en una oportunidad de enaltecer al individuo.

Esta separación de toda relación significativa solo genera un mayor sentimiento de abstracción con el mundo, sustentando así esta persecución maniática por aprobación, todo por un último jalón breve de cariño, amistad u amor. Perdiendo así, cualquier concepto de autenticidad, el individuo se olvida de su propia voz, busca impresionar a los demás con una casa de cartas mal hecha, jugando a ser otra persona mientras esconde sutilmente su verdadera naturaleza.

El individuo narcisista-depresivo se encarga de crear una coraza de superficialidad con la cual protegerse del mundo. Pretendiendo ser el centro de universo mientras obtiene aprobación por parte de la sociedad, pero, en el momento que esta validación desaparece, sus facultades internas comienzan a combustionar.


En este mundo donde la libertad de habla podría significar el rechazo, el exilio o ser relegado a manejar un furgón en medio de la nada, todos tienen miedo de mostrar sus verdaderos colores, de ser leídos, de decir lo que piensan. Ser auténtico significa aceptar el inevitable hecho de que no todos estamos cortados con la misma tijera, no todos tienen el mismo mapa mental. Ser real significa aceptar el aislamiento o la falta de validación, escuchar el sistema instintivo direccional que siempre busca cultivar la integridad.

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